sábado, noviembre 14, 2009

Adiós a Madrid y a los amigos

Gracias amigos:
en la noche de junio,

corazón mano abierta:
la copa levantada

entre las rosas
violadas por el hierro de las verjas.

Gracias: me despedís con frutas y pescados,
pues sabéis, como ha dicho Machado
cómo adoro a la tierra,
la dura tierra (el hierro, la vida o la mandíbula,
los óxidos, el hueso y los metales).
Adiós, amigos, voy hacia unas tierras
donde el verano es como un Dios celoso.
Dejo a Madrid entre vosotros
caluroso de acacias y faroles.
Los lívidos colmados abiertos a la aurora,
las fúnebres cabezas
de toros disecados
sobre un zócalo helado de azulejos.
Dejo el último coche de caballos
en un morado cielo de cipreses,
sobre puentes de polvo.

El solar y la luna.
Dejo lo isabelino en el barrio de El Rastro,
los álbumes de Cuba y Filipinas,
profanándose en puestos, con farolas.
Los tejados ceniza.
Los viejos cementerios cercados por tranvías.
Y en el café de espejos con sala de billares,
las últimas tertulias liberales.
Y fuera los obreros, la fuerza y las tarifas.


Agustín de Foxá, Poesía, Renacimiento, 2005


Estos días ha vuelto a ponerse de moda escribir sobre Foxá topicazos. Y me acordé de este poema suelto (he variado el caligrama, que puede verse en versión original en papel). Un poema de ocasión, posiblemente leído al final de una comida o una cena de despedida que le hicieran los amigos, cuando Foxá emprendiese un viaje a alguno de los puestos diplomáticos que ocupó en Escandinavia, Europa del Este y Sudamérica. En un exilio dorado y lejos de Franco y su mujer por incompatibilidad de caracteres. La peripecia de Foxá es tan rica tan contradictoria tan alucinada que da lástima que no haya voces solventes que nos aclaren un perfil. Los que pueden, calculan que no es el momento porque no se entendería. Y los censores, en fin, dan un poco de grima. Pequeñeces. De la memoria histórica. Del bachillerato. Y del país.

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