domingo, febrero 01, 2009

¡Tengo una pesadilla!: ¿pero existió alguna vez la nueva narrativa española?







Ahora que se dan las condiciones objetivas para ser escuchado cuando un cualquiera levanta la voz y dice: ¡oigan!, que lo que pendía de un hilo está a punto de romperse, me voy a la cama, querido von der Quelle, solito y ligero de preocupaciones. Enseguida entro en calor. Un coche-discoteca atruena la calle con música chusca: el chunda-chunda, techno pá tós, que ha sido banda sonora original de nuestros Años del Ladrillo. Con la barbilla en el embozo, empiezo a leer -ay, las modas y no las musas, que me tienen cautivo- un cuento de Richard Yates, "Mentirosos enamorados", que con una facilona alegoría (que no siempre riñe con el relato bien contado, profundo y perdurable) entre lo que tenemos y lo que creemos merecer, me deja dormido como un bebé.

Entro en el sueño plácidamente (como una heroína de cuento infantil, para entendernos), pero enseguida vuelan sobre el cielo de mi inconsciente, junto al Super-Ego, Emilio Botín, ataviado con un kimono, vendiendo pisos con descuento y chapurreando panocho; detrás aparecen el juez Marlaska, que lleva la cabeza tocada con un cachirulo, y Andrés Aberasturi (aunque como después soñé, en realidad, era una careta de Jon Sistiaga), ejercitando una suerte de sumo que, según entendí, era un combate figurado entre el Cuarto Poder y el Judicial que iban a emitir en ese programa de lucha libre de la cadena de tv Cuatro. Lo extraordinario fue cuando Pédro Pérez, líder del ¿G-14?, exhortaba al novelista Benjamín Prado a que escribiese una verdadera novela sobre la burbuja inmobiliaria, contando cómo los promotores inmobiliarios han sido incomprendidos, vilipendiados y dejados de la mano por una sociedad fieramente narcotizada que ha perdido los valores. Esto de los valores perdidos, pronúnciese la p explosivamente, como si los labios fuesen a descorcharse, lo repetía una y otra vez en su tórrido parlamento... hasta el punto que soñé que soñaba si no fueran los mísmisimos labios ectoplasmáticos del mísmisimo monseñor Rouco, no te digo más. En el momento en que el célebre autor de "Cobijo contra la tormenta" iba a iniciar la réplica, desperté...

Uf. Me llevó unos minutos aposentarme en mi minúscula camita, con la espalda aún dolorida, mientras la habitación blanca daba vueltas en remolino. Sudado y medio alucinado mi cabecita loca no acertaba a comprender. Pero cómo, ¿entonces ni "Belver yin" ni "El héroe de las mansardas de Mansard" ni "La dama del viento sur" ni "La media distancia" ni "El castillo de la carta cifrada" ni "El bandido doblemente armado" ni "Amado amo" ni "El doble del doble" ni "La escala de los mapas" ni "Escaleras en el limbo" ni "Escenas de cine mudo" ni "Amor, curiosidad, prozac y dudas" ni "El que apaga la luz" ni "El final de los buenos tiempos" ni "Os quiero a todos" son algo real, que viva en los manuales de literatura y en el recuerdo de algunas lectoras, si no en las estanterías de una neolibrería con neofondos y mucho escaparate, sí en los anaqueles añosos y polvorientos de una funcional biblioteca pública, sino tan sólo una maniobra orquestada por los poderes fácticos para distraer al pueblo llano con falsos molinos? Y entonces, querido, caí brutalmente en la cuenta de cuántos sobramos en este vanidoso mundillo de listas. Pase buen día de nieve.

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