¿Hecho a sí mismo?
El periodista Espada elogia la labor de Herralde como editor de Anagrama. Y para que el piropo no resuene demasiado estridente en el medio en que escribe, amigo vor der Quelle, se ve en la obligación de contraponerlo a la figura del editor Lara. Lo interesante del comentario es que subraya la leyenda de hombre-hecho-a-sí-mismo, self-made man, del andaluz universal. Es uno de los tópicos del liberalismo cultural ambiente que transmiten incansablemente los comentaristas académicos y sus corifeos: el hombre solo y arrojado que con escasos medios, capacidad de trabajo y determinación guía las grandes empresas de la humanidad. El timonel. (Palinuro, por emplear el ejemplo canónico de Cyril Connolly, un heredero de la cultura greco-latina que optó por posicionarse fuera de la modernidad, aunque, ay, no pudiera obviarla: cómo dar de lado a Dante, Montaigne, Pascal, Góngora, La Bruyêre, Joubert, La Rochefoucauld, madame de Sévigné.) Es la base sobre la que se apoyan cuando hablan de liderazgo.Sin embargo, la historia de la editorial Planeta -la quinta o sexta del mundo en facturación-, no es la historia feliz de un hombre (y su familia). Por lo poco que yo sé, poco lejos hubiera llegado Lara sin sus conjurados: de Manuel Lombardero, el caballero en la sombra e inventor de la venta por fascículos, que consolidó los números de la empresa en la España del segundo desarrollismo de la década de los 70... hasta los asesores literarios, los profesores José María Valverde, Carlos Pujol, Martí de Riquer. O el adversario ideológico, y gran cabeza de las colecciones de historia y novela, el republicano barcelonés Rafael Borràs Betriu. Sin ellos y sin autores de la talla y generosidad de Manuel Vázquez Montalbán, Juan Marsé, Terenci Moix, Antonio Gala, Fernando Vizcaíno Casas, Rosa Montero, Jesús Fernández Santos, Mercedes Salisachs, Jesús Torbado, Ana María Matute, Maruja Torres, Antonio Muñoz Molina, José Luis Sampedro, Camilo José Cela, Francisco Umbral, Gonzalo Torrente Ballester, Pere Gimferrer o Carmen Posadas, entre muchos nombres propios, poco lejos hubiera llegado en el mundo de la edición quien fuera corista en los espectáculos de cuplé de Celia Gámez y jamás se levantaba de la cama antes de las once de la mañana, según confesión propia. Y, desde luego, los miles de trabajadores anónimos que corrigieron, imprimieron, repartieron, divulgaron y vendieron los millones de ejemplares.
De las editoriales consideradas independientes, mejor callar, ya que los mitos desvarían. Por no tener, ni siquiera tenemos un estudio (aunque sea periodístico) fiable sobre el fenómeno. Algo parecido a "Pasando página", José Luis Vila Sanjuan (Destino, 2003). Así que para qué vamos a rebatir.
Aún recuerdo cuando Gustavo Bueno nos decía: desconfíen de la proposición griega -autós y de sus derivados: autonomía, autodeterminación, autoregulación, automóvil... Ya que todos son engañosos: nada prospera sin ayuda de los demás.
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