Varguitas y el premio

El premio de la academia sueca al autor peruano ha producido la esperada eyaculación de loas entre los periodistas y escribidores patrios y latinoamericanos. No hay columnista o autor de medio pelo que no se haya visto en la necesidad de contarnos su experiencia (casi religiosa) en forma de corrida más o menos placentera, siempre salpicando al ingenuo lector y llenándolo de pringue. Es lo que tiene el famoseo, también en la república de las letras, que el fenómeno -el premio al premiado- se interpreta como algo personal, que a mí también me toca, oiga, cuando se da a un vecino, a alguien cercano, aunque sólo sea por verle en la pequeña pantalla o subido a unas tablas, pero a quien todo el mundo conoce y reconoce.
Los panegíricos se han centrado en el valor del novelista como novelista y como intelectual. Lo cierto es que el viaje de la izquierda a la derecha que Varguitas ha transitado -como tantos otros en los últimos cuarenta años- nada tiene de original. Aburre y es conservador hasta la náusea. En su caso, lo más original tal vez haya sido que siempre ha sabido elegir los momentos más mediáticos para dar un golpe de efecto: como cuando denunció la dictadura perfecta del PRI en un congreso al que que fue invitado por la inteligencia mexicana. Oportunismo y escenificación. En cuanto a su valor como novelista, es el que es. No creo que haya nadie con autoridad que pueda asegurarnos que las novelas de Vargas Llosa tengan más valor del que hoy tienen la obras dramáticas de Jacinto Benavente, que también fue premiado y muy loado en su tiempo.
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