miércoles, diciembre 22, 2010

Pataletas y falsificaciones

La pataleta del viejuno Guelbenzu, hoy. Ayer, la pataleta del segundo Neruda de Miami, Sanz, habitual productor de vulgaridades pseudoartísticas. Y tendremos muchas más, seguro, con nombrecito y apellidos. Después de que la ley Sinde no haya sido, de momento, aprobada por las diputadas. Es la ley más proteccionista con los derechos de autor del mundo. O lo pretendía. Incluida como un punto marginal, de tapadillo, en una ley cajón de sastre, porque se sabe que no es bien acogida por el grueso de la sociedad española. Encima esta ley, como hemos sabido por WikiLeaks, tenía la presión añadida del gobierno de Estados Unidos, lobbeando para aprobarla. En países donde se ha intentado este tipo de cierres súbitos para proteger supuestos derechos caducados, como Francia o Inglaterra, no ha funcionado por la propia morfología de la red.

Pero el debate viciado se centra en esos portales y su posible cierre. Y se apoya en la mentira de la gratuidad: cuando tenemos uno de los adsl más caros y lentos de Europa, y el precio de libros y discos más abusivo del viejo continente, con la mitad de salario que un alemán o un francés, un danés o un austríaco. Es el sistema de producción y comercialización cultural, y las mafias que genera, el que nos parece aberrante.

El debate formal, si lo desea tener el viejuno novelista, se centra en la naturaleza de esos derechos de autor, y su historia política. El copyright no nació con el Génesis. Fue una gracia de un rey (de ahí, su derecho) a un determinado tipo de especialista en un época histórica concreta. Un artista tan singular, sobre todo por sus habilidades comerciales, como Walt Disney fue capaz, él solito, de modificar la naturaleza de las leyes del copyright, y aumentarlo hasta varias generaciones después de muerto el autor por el procedicimento de comprar el voto de varios senadores norteamericanos.

Tal cual.

Silvio Berlusconi, como Jesús Gil ayer, no inventan nada. Y el crimen organizado, desde siempre, ha formado parte de la corte de la cultura.

También de eso que hoy dice llamarse cultura, y pocas veces llega a simple recuelo de un espectáculo risible.

Además, el debate real es el de la naturaleza de eso que se llama creación artística, y si tiene un autor o su autor es coral, y los medios para conseguirlo, y quién tiene al alcance esos medios. Ahí se centra parte del debate que una sociedad madura debería tener. Pero esa sociedad no es la nuestra, como bien sabemos quienes no leemos a novelistas españoles contemporáneos porque no podemos con el tufo y la sosería.

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